Esta crónica tiene fecha del 6 de marzo de 2019. No tengo claro si 2019 fue hace 10 semanas o 10 años. En cualquier caso, recordé esta crónica y la busqué en muchos lugares hasta encontrarla en Dropbox. Menos mal. No sé por qué le tengo tanto cariño, pero me alegra mucho no haberla olvidado.
“Compramos un paquete de cigarros y tartas de la señora Wagner y fuimos andando en busca de América”
Hay un momento especial cuando sales por primera vez de una boca de metro nueva. En el pasillo había un chico con una guitarra cantando America de Simon y Garfunkel. Al salir, se corta la banda sonora y la luz del mediodía produce un momento de ceguera que deja al inocente ciudadano en un limbo entre el mundo subterráneo y el misterio del exterior.
La parada de Glòries está en una especie de descampado sorprendente en la ciudad. No es un descampado de la vieja escuela en plan Western/Monegros –es una especie de descampado urbano completo con hormigón, cuarenta carriles de tráfico y una selección de edificios vanguardistas. De un vistazo se puede saber que hace no muchos años este lugar era muy diferente.
Al sur del descampado está la ciudad. Al norte también, pero menos. Avanzando en esa dirección, el percal se torna psicodélico –entre otros, al fondo asoma el asombroso glande metálico de la Torre Agbar. Sin embargo, el tallo del célebre edificio fálico está tapado por una construcción más pequeña, pero todavía más chocante: El Museo del Diseño parece una especie de engendro nacido del encuentro pasional entre una pistola de Star Wars y una impresora. Además, en su juventud tuvo un accidente y se le quedaron incrustadas unas escaleras en el costado de por vida.
El museo será el protagonista de esta historia, aunque comenzó siendo confundido como un lugar en el que buscar un bolígrafo. El cronista es un ser simple, pero sin un bolígrafo funcional el cronista es un ser simple e inútil.
Entrar dentro del museo es como entrar dentro del interfaz de un iPhone. Es minimalista, da mucho protagonismo al blanco y en un afán de sinceridad expone el mecanismo de las escaleras mecánicas. Aparte de las exposiciones hay una biblioteca, la de El Clot – Josep Benet. La biblioteca sigue el patrón simple del resto del diseño interior del edificio y con unos paneles verdes impide la vista al exterior. Este es el primer factor agobiante. El segundo son los usuarios: gafas redondas de patilla fina, ni un solo libro fuera de las estanterías y Macs relucientes -uno de ellos tiene una pegatina con el mensaje “I am Ethical”. Es probable que, aunque utilice ese nombre, sus padres le hayan bautizado con otro.
La guardiana de todo esto es una bibliotecaria igual de moderna, sentada detrás del ordenador haciendo cosas de bibliotecaria. Tiene una mirada feroz y una pose agresiva. En su ordenador luce una imagen de Shere Khan -el tigre de El Libro de la Selva- con una sonrisa jodidamente malvada. Al lado del ordenador hay una lata llena de bolígrafos.
Pasa el tiempo y aumenta la tensión. El termómetro de la pared marca veintitrés grados estables, pero es mentira. Shere Khan ha aumentado la temperatura del ambiente -cuando caes en el camino de su terrible mirada te arde el cuerpo entero. Finalmente se acerca un hombre a pedirle ayuda con algo y Shere-Khan se levanta.
El cronista aprovecha el momento, roba un bolígrafo de la lata de la bestia y se escapa rápidamente del lugar.
El museo posee varios millones de toneladas de trendismo. Es por esto que a su alrededor hay una especie de órbita gravitacional que atrae a todos los elementos trendys de su alrededor. Nada más salir hay un trapero gordo grabando un videoclip. Está subido a un banco haciendo playback de su último tema mientras un amigo suyo lo graba con una réflex. La mirada amorosa del amigo es lo más parecido a un sentimiento real que se puede encontrar en un lugar tan artificial como este.
Glòries no es una plaza, da igual lo que te diga Google Maps. No, no es una plaza, ni siquiera es una rotonda. Es una mentira a plena vista a la que le han puesto un nombre para engañarnos, porque hoy en día no hace falta ser una plaza para llamarte plaza. De la misma manera, en 2019 no hace falta ser ético -basta y sobra con poner una pegatina en tu ordenador. Con suerte la pegatina irá a juego con tus fotos de Instagram de niños famélicos de los que “he aprendido más yo de ellos que ellos de mí” y de tu Erasmus en Ámsterdam donde “finalmente me descubrí a mí mismo, hay que perderse para encontrarse”. Hay un bar a los pies del dildo Agbar donde la terraza está aislada por una especie de arbusto falso. Dentro puedes olvidarte de la realidad por completo: ¿quién necesita tripis hoy en día? Te lo solucionamos con un no-boj en la no-plaza de Glòries; allá tu imaginación, gilipollas. Hemos convertido el postureo en una forma de vida, y este lugar parece condensarlo hasta el punto que cuesta respirar.
El cronista, espantado por el percal, no quiere volver al museo. Cara y se va a casa. Cruz y se enfrenta a la pesadilla.
Cara.
Pero la órbita gravitacional es demasiado fuerte.
Las dos primeras plantas del museo están a nivel de calle. La de abajo tiene un ventanal grande que muestra una especie de fuente con estanques de hormigón rectangulares. Están llenos de colillas y demás basura, pero si cierras los ojos parecen pececitos –o algo así debió pensar el que puso allí el estanque.
A esta altura hay varias exposiciones. Una de ellas está rodeada por una cortina negra y para entrar hay que pagar con dinero. La alternativa es esquivar al señor de seguridad y visitar un túnel oscuro que promete un inframundo más interesante. Según la mitología griega, Cerbero –el perro de tres cabezas de Hades- era quien vigilaba el reino de los muertos. En este caso es un señor calvo de mediana edad, pero con una actitud similar.
El cronista debe, por lo tanto, esperar varios minutos detrás de una columna y esperar a que esté ocupado para penetrar corriendo en la oscuridad infernal que son las entrañas del museo.
Detrás de la interfaz de Apple que es a primera vista el museo, existe un lugar de unos cien metros de largo por treinta de ancho. En él no hay una sola luz encendida y no hay movimiento, pero sí se oye el eco y se ven los reflejos de un vídeo proyectado en la exposición colindante. El resultado está extraído de tus peores pesadillas y da una visión directa de la parte más espeluznante que contiene el interior del museo.
La cámara secreta del museo del diseño abre los ojos a la parte fea y explícita de esta meca de la estética. Es la mierda que hemos barrido debajo de la alfombra -y algún día se va a amontonar tanto que la alfombra no podrá ocultarla. Hasta entonces, la generación del todo es bonito seguirá su camino.
Mientras tanto el cronista vuelve al metro. Los bolis del museo valen un euro y como se lo ha ahorrado va a buscar al chico que cantaba Simon y Garfunkel, que hoy se lo merece más.

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